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La incursión en un cuerpo desnudo
o  el poder extremo de una toma de posesión



Fadéla Hebbadj


ubiartLa voluntad de extracción - Este cuerpo, entregado a sus manos y lenguas amenazadoras, ¿aún pertenece a la artista? Su carne está petrificada y ha sido tomada en posesión. Una búsqueda desesperada lleva al punto más lejano: al desnudo absoluto, más allá del ámbito de lo erótico. Simplemente se ha borrado del mapa del cuerpo.

Extraigo un mensaje de indiferencia frente al anhelo de los desnudos cubiertos de manos. Veo una piel atravesada por todas partes por largos dedos, que amasan sin cesar la masa carnosa. Aquí lo que importa sobretodo es tratar la extensa sustancia, pero también la materia inteligible.  ¿No es acaso la carne al mismo tiempo símbolo y representación del espíritu? Se convierte en palabra. Manos que se mueven con la intención de desgarrar un pecho, un brazo, despejar, desmontar en el marco de una exploración sin fin. Todo es evidente, no queda nada que esconder. Así sale a relucir lo esencial. El desnudo muestra, que lo que se ha liberado del ornamento de la joya, es lo que impulsa hacia la realidad final, hacia el núcleo. El ser humano es retornado a su valor ontológico. La experiencia de una desnudez de este tipo siempre tiene un efecto perturbador, ya que favorece la trasgresión de la carne.

La desnudez remite a un final hacia el que se dirige la artista desvistiéndose constantemente. De este modo, las obras luchan decididamente contra la muerte, contra el final. Se trata de una estricta lucha individual, si tenemos en cuenta las diferentes y arriesgadas propuestas de la artista que apelan a nuestra consciencia investigadora. ¿Quién va a prevalecer en la exacerbada dialéctica entre el cuerpo desnudo y la artista? Un problema hegeliano como éste, entre amo y siervo, huele francamente a chamusquina, a montón de estiércol y a sagrado. Espero el comienzo de la metamorfosis, pues en tales actitudes surrealistas descubro no solo la voluntad de escapar de uno mismo, de abandonar la propia persona, si no también la voluntad de recuperarse, dado el peligro de ser transformado.

La lucha que Natasha Lébedeva mantiene contra sí misma tiene su origen en la sublevación. ¿No es ésta, de todas formas, la espina dorsal del arte? Yeats lo confirma: “El arte es el acto social de un ser humano solitario”. Y de hecho la fotógrafa concibe en total soledad los más diversos paisajes de un cuerpo a la búsqueda de identidad. El único sentido de su empresa, en la que el cuerpo se interroga con sus manos –en un acto de generosa devoción, obligado constantemente al análisis auténtico–,  logra en esta desnudez, en este asesinato, su objeto. Esto quiere decir, que para hacer evidente de forma viva la intersubjetividad, ésta tiene que ser elevada dialécticamente. Esta dialéctica está de hecho cargada de un sentido ideal, ya que el cuerpo está sometido a un examen doloroso. Pero la fuerza y el privilegio del arte residen precisamente en el hecho de que evitan el paso definitivo a la acción, a la muerte real. Este método artístico, utilizado de manera consciente o inconsciente, se convierte al mismo tiempo en paradigma social y ético.

ubiart2Nathasha Lébedeva construye, deconstruye e imagina su propio cuerpo, se abre paso a través de él hacia el interior, busca una salida a sus límites marcados, aún cuando la deformación física amenace en cualquier momento. En cuanto la carne ha sido sometida a examen y sentida, ya nada puede suscitar engaños. Dado que la simple apariencia ha desaparecido, se pone en marcha la reducción eidética. Las partes del cuerpo cubiertas se retratan en negativo. Se crea un juego de luces y sombras para imitar la realidad de una prohibición o un tabú social, por consiguiente la auténtica búsqueda de lo absoluto incluye también un acto político fuera de lo común.

Mientras la cámara modula el cuerpo en la lucha por la supervivencia y desempeña su trabajo en un total desconcierto, la artista transforma el negativo en ser y consigue con ello su libertad. Su desnudez es un poder que espiritualiza la muerte, que en el baile espiritualiza la vida.

La esteta como atleta - Este cuerpo baila en un ritmo muscular ideal, su forma tosca no es anatómica: una concreción energética transmite la fuerza vital. Lleva a cabo su gimnasia mediante impulsos tanto originales como contemplativos. Una estética dinámica de este tipo atravesada por nervios de gravedad, por bellezas arcaicas, provoca una extrema concreción. A través de un paso decidido, lleno de fuerza, africano, se retuerce el cuerpo delgado y flexible más allá de su desnudez –sugiriendo y percibiendo desasosiego, preparado para experimentar la tan esperada confrontación. A causa de un gesto agresivo, abierto y directo, una intensidad muscular sondea lo interno, el sentimiento, lo vivo. Mas la estética y atlética artista se resiste a la culminación de su propia manipulación.  Así oigo –ante el fondo del ideal antropológico– en el movimiento de la bailarina o en la pose de la pensadora, los golpes en los músculos visibles bajo la piel.

En el cielo aparecen nubes negras. El vacío se llena con mal tiempo en el color de la tormenta. Y la artista se encuentra en el corazón de las tinieblas –igual que Afrodita, que surge de la espuma del mar delante de Chipre. La escasa belleza del fondo aún aumenta la tensión, intrínseca en el tema de la lucha, sin caer en la tentación del sentimentalismo. De ahí que estas nuevas obras ejerzan una fuerza de atracción tan grande; ante mis ojos se lleva a cabo la lenta disolución del componente gestual de un cuerpo, lo que se recalca con el fluido tráfico que transcurre bajo él. La diosa del amor y la belleza resucita a una nueva vida, deformada, deconstruída.

La artista cultiva las repercusiones corporales resultantes, el placer de la recreación de la fría y cortante realidad en el hálito húmedo y ruidoso de la costa. Ella prosigue su crítica mordaz conquistando el cielo, con un humor más bien tranquilizador, aunque a la vez cáustico. Su loca morfología pone en duda el sentido de lo real, la arquitectura de la naturaleza, por tanto el desorden organizado en naturaleza y cultura. Las zonas en las que predomina este amontonamiento de carne musculosa, me llevan a un mundo en el que predominan reminiscencias mitológicas y oníricas. La artista se crea y desmiembra a sí misma mediante fragmentos orgánicos, nuevamente ensamblados. Pero de repente el experimento con cuerpo y ser  se interrumpe. Una serena zarabanda restituye la unidad, marcado por una lograda claridad. La gracia del cuerpo queda resaltada de un modo más claro y anuncia, sonriente, la muerte de la lucha.

Las fotografías de Natasha Lebedeva propagan un desinterés ilimitado respecto a la cosmética y la cirugía plástica. Sin ningún lugar a dudas tienen algo provocador para aquellos que se aferran a las imágenes, al tenue reflejo de una línea, de una curva geométrica o de las disfrazadas simetrías sobre largas pasarelas, atravesadas por piernas de paso grácil. Y les proporciona placer a conciencia lastimar el sentimiento de vergüenza general.



fadelaFadela Hebbadj nació en 1966, ha trabajado como psicóloga infantil, y ahora enseña filosofía. Comparte su tiempo entre París y una pequeña población cercana a Etna. "El árbol de ébano" es su primera novela.



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