Natasha Lébedeva y los virajes en positivo
Gabriel Carrió / Diari de Balears

 

diaribalearsEl diccionario define la hospitalidad como la liberalidad que se ejerce cuando se alberga gratuitamente un extraño en casa o, también, como la grata acogida que un país hace a los extranjeros. Dentro de la problemática general de las migraciones humanas, tema que ahora pasaremos por alto, la palabra resulta procedente en la semana que, en Palma, ha tenido lugar el XIV Festival mundial de danzas folclóricas. A pesar de los ecos estadísticos de este tipo de encuentros, cercanos a esperpentos del nivel del televisivo Gente Joven, ofrece una vitalidad complementaria en las calles de la ciudad, que en la estación preveraniega, viven uno de los momentos más dulces y encantadores. Por unos meses, o tal vez sólo por unas semanas, la vitalidad sobrecoge a los propios y la admiración reverbera en los visitantes, contagiados de una alegría de terrazas, paseos de confidencias pausadas y sol revitalizador. Es el momento en el que la ciudad luce con clara luz rincones que son sombríos en invierno. Entonces, es dejarse llevar y descubrir inesperados placeres.
Como en la calle de Sant Feliu de Palma, donde Natasha Lebedeva, nacida en 1975 en San Petersburgo, expone el grueso de su última producción: Portraits. La galería Catorze, uno de los últimos espacios de arte inaugurados en Palma, apuntala así un escalón más en su perfil de apoyar a artistas con un currículum que empieza a despuntar. Varias son las circunstancias que llevaron a la artista rusa a cambiar la ciudad del Palacio de Invierno por Madrid, hace cerca de dieciocho años, donde profundizó en los estudios del grabado y se inició en el mundo expositivo y en la concurrencia de premios. Pero fue en 2004, a merced de una beca de colaboración y desarrollo de su proyecto personal en la Fundació Pilar i Joan Miró a Mallorca, que recaló en la isla, donde ha terminado por instalarse y allí donde ha ido abrazando otros lenguajes como son la fotografía, el vídeo y la instalación.
La presente es su primera muestra en Palma, que viene precedida de actuaciones individuales en Madrid (Rita Luna, 2003), Alaró (Addaya Centro de Arte Contemporáneo, 2006), Córdoba (Galería TulaPrints, 2007), Binissalem (Can Gelabert, 2008) y Alcúdia (Can Fondo, 2010). También se puede destacar que participó (2009) en la colectiva 7 + 7 huellas de identidad, que subrayaba la creación en femenino, en la Misericòrdia.
La aproximación que se puede hacer a la estética de Lébedeva no es un camino ni de fácil digestión ni de cómoda clasificación, pero también es evidente que Portraits alcanza unos logros que sólo una despistada miopía intelectual podría dejar de lado. La selección de retratos fotográficos que presenta la galería, de exquisita factura y nítida calidad técnica, han enmarcarse, en principio, en el estudio que realiza la autora del cuerpo humano y la voluptuosidad femenina, argumento que se complementa con el discurso del desnudo, la identidad, el hedonismo, la dependencia de la tradición formal y la verosimilitud —como metafísica de la corporeidad. Todo ello, una ensalada en la que el Eros —la carne como templo sacro que juega a no serlo— se manifiesta con fuerza y deleite.
En la actual propuesta, la artista frena anteriores enaltecimientos de la trasgresión y el exceso. Con el cambio, nace y subraya una poética inusual que se divisa sólida y de gran trascendencia, si es capaz de consolidarla convenientemente. El visitante que pueda hacer un paseo por la muestra encontrará una selección de obras, casi todas de pequeño formato, discernidas en dos series: los retratos de evocación pictórica y la serie Escultóricos. Solamente con estas denominaciones, la artista se posiciona inmediatamente a favor de una actitud tradicionalista de la fotografía, en relación a la pintura o a la escultura. La intención se ve confirmada y resuelta con un diestro trabajo digital y de manipulación icónica que propone una lectura redentora del retrato clásico o los bustos de eco italiano o, por lo menos, renacentista. Tampoco es una vocación nueva pero Lébedeva acierta en prescindir de la grandilocuencia, los grandes formatos y las imágenes tumultuosas y casi apocalípticas.
Ahora se centra en la persona como individuo y en las lecturas psicológicas y emotivas. —¿Hay algo más sincero?— Sólo los fotografiados, que simulan ser esculturas, son tratados de una manera más acorde a un objeto por culpa de los efectos compositivos del fotomontaje y del collage virtual. Eso sí, también es aquí donde el aire surrealista, presente en toda su carrera, sigue manteniendo pautas muy severas. Los retratos de carácter más pictórico, tales como Pascal, Margo, Pepe..., de una escenografía muy básica, de fondos negros planos y sin atrezzos aparatosos, presentan los personajes como protagonistas de un no muy extenso repertorio de actitudes ensimismadas, quizás cercanas a la incertidumbre o la desconfianza, entre otros. Resulta un terreno de evidente inestabilidad interpretativa, que otorga al trabajo de la artista una profundidad insospechada. En todas las fotografías, la persona se encuentra reflejada en una superficie vítrea. Pero el espejo no responde al modelo original, lo multiplica y modifica sustancialmente la postura, la mirada, el gesto e, incluso, la interioridad.
En otro momento, Lébedeva —y es un suponer— hubiera optado por destacar esta imagen secundaria, forzando el elemento misterioso, la pesadilla y lo fantasioso. Pero he aquí que gira la intencionalidad hacia el alma del protagonista que adquiere una irrealidad creíble y cercana. Sin desterrarse, la fotógrafa explora una dimensión nueva de sus posibilidades.
La desnudez, en algunos casos, aparece de nuevo, pero dentro del abismo de las imágenes hechas espíritu. Es aquí donde reside el grado más relevante de elegancia. Hace parte del desvestirse pero también del movimiento del cuerpo, lo que podría suponer una danza que deja rastro gráfico, como parte del sueño y de la realidad ingrávida. Es, en definitiva, una ceremonia fantasmal al estilo de los protagonistas del film El arca rusa (2002) de Alexandr Sokurov, una proeza realizada en un solo plano secuencia de 96 minutos. Rodada en el Museo del Ermitage, el narrador invisible recorre trescientos años de la historia de la ciudad imperial.


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