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lébedeva landscapes
Txema González Bravo

metamorphoart

El cuerpo asociado al estado de gracia o a la identificación con lo divino hace tiempo que ha desaparecido en las procelosas aguas de la plástica contemporánea. La Venus de Botticelli no es más que memoria histórica del naufragio en el que estamos inmersos, según el cual el cuerpo queda sentenciado como otro mártir -que en griego significa testigo- de la representación contemporánea. El cuerpo en nuestros días es mancillado, tatuado y perforado, como sucede en la práctica habitual del piercing; es objeto de manifestación artística y de consumo, como en el body art; territorio cotidiano de toda clase de modificaciones físicas y estéticas para mercancía escópica, como en el porno duro o en los reality show televisivos; y siniestras ventanas por donde asoma sin ninguna traba la más horrenda huella de “lo real”, como sucede en las snuff movies.

En un contexto más alejado de la taxidermia o del hedonismo, el desnudo en los nuevos caminos de expresión artística quiere promulgar una nueva libertad: la indefinición, la visibilidad plena sin referente preciso, internacionalismo integral, globalidad hegemónica; triunfo del expansionismo mercadotécnico donde se vislumbra la derrota de la felicidad del sujeto. En este contexto de fugacidad, desaparición y brusca oscilación entre la progresiva desorganicidad y la exaltación de los rasgos más plásticos, nos situamos frente a la obra de Natasha Lébedeva, comprendiéndola como un ensayo agonístico por restaurar la centralidad del sujeto y del cuerpo femenino en el que se encarna.

fragmentoworkartAsí, la colección que ahora presenta Can Fondo (Dreams under contruction), es una buena muestra para ahondar en una significativa contradicción: el triunfo de la desnudez no es más que la evidencia de su insignificancia. Es decir, nuestros cuerpos son invisibles aún desnudos porque no hay otredad posible, no parece haber novedad ni diferencia significativa que escape a la desorientación identitaria como marca global.

La producción artística Natasha Lébedeva -Elogio de la carne, 2006; Nu, 2007; Ubicaciones, 2008; Dreams under construction, 2009-, es en conjunto el retrato de una figura femenina descentrada, anónima y omnipresente, inmóvil pero profusa, definida óptica y sexualmente, pero no identitaria. Lébedeva acentúa en sus obras la idea de que la mujer como tema, la mujer como signo, la mujer como forma, la mujer como símbolo, inunda la cultura visual en la misma medida en que está ausente la mujer como género o la mujer como realidad existencial diversa.

En este sentido es fundamental entender el “elemento fantástico” que alimenta las obras de esta exposición. Desde la intervención digital Lébedeva ha vuelto a la Grecia clásica colocando a las mujeres como columnas de los templos, véase Work in progress y Cargando estigmas ajenos. ¿Una visión irónica que busca redimir a quienes han otorgado un papel “secundario” a la mujer en la historia de la cultura? Conceptualmente, esta artista nacida en San Petersburgo y afincada en Mallorca construye sus obras desde la estética surrealista -entre el sueño y la pesadilla, véase Mystical landscape-, es decir, se sirve del surrealismo para profundizar en una de las grandes lagunas del propio surrealismo y, en general, de las vanguardias, esas “cúpulas” del arte moderno. Porque hemos de admitir que la imagen femenina en los surrealistas es una imagen irreal -¿producto del inconsciente?-, divorciada de lo concreto histórico y existencial para ser manejada libremente como objeto. No interesa una aproximación al mundo de “lo femenino” y la coincidencia en este punto de los surrealistas con el resto de las vanguardias es particularmente reveladora, significativa, tímida y decididamente decepcionante.


De manera que Natasha Lébedeva exhibe, mediante estos sueños en construcción, la lucha de la mujer por librarse del pesado fardo que las utopías (vengan de la razón o de las doctrinas políticas, artísticas o religiosas) le imponen para cumplir su programa de destino, sin por ello tomar el camino de regreso, con nostálgica sumisión, hacia un mundo reencantado. Todo lo contrario, su obra entronca con el pensamiento más actual situando el cuerpo de la mujer como protagonista de la cultura visual postmoderna, enfrentándose a desiguales conceptos en torno al desnudo y la identidad, exaltación del exceso, manierismo, perversidad de la semejanza, repetición, diferencia, sexualidad, violencia y trasgresión.

Lèbedeva se distancia entonces de las primeras vanguardias del siglo XX y toma como punto de partida aquello que se ha venido desarrollando desde finales de los años cincuenta, especialmente desde el accionismo vienés, con Oppenheim, Abramovic y Acconci. Es decir, expresar la irreductible individualidad del cuerpo único pero semejante, privado pero entendido e interpretado a través de discursos públicos. En los sesenta, el video art y la performance se cubren de cuerpos desnudos, asexuados, inanimados, imágenes o “gestos”, como representación crítica al tema de la identidad (“yo es otro”, dice en alguno de sus vídeos la artista francesa Orlan) o, más concretamente, del carácter múltiple y cambiante de eso que hemos dado en llamar identidad.

mistycalart“Somos únicos pero semejantes, todos nadamos en las mismas aguas” parece decirnos Natasha Lébedeva, “empujados por los mismos sueños, naufragando una y otra vez”. Levantamos templos, contemplamos nuestras obras, naufragamos y vuelta a empezar. Un eterno viaje que nos lleva directamente a una de las obras presentes en esta exposición, titulada Sin Dios. Presagios en La Divina Comedia, cuya escenografía dantesca resulta sobrecogedora. Si tratáramos de establecer un catálogo de las pasiones, virtudes o temores del hombre contemporáneo, sorprendería constatar que el gran poema de Dante al que se refiere la artista, posee más actualidad e información que YouTube, Facebook o el hipertexto. No es de extrañar, entonces, que tantos artistas hayan “visitado” con frecuencia este poema y Natasha Lébedeva lo hace con singular acierto. La epopeya dantesca ha inspirado desde ediciones ilustradas por Botticelli y Miguel Ángel, pasando por artistas ingleses como John Flaxman y William Blake, el francés Gustave Doré, Dalí o, más recientemente, Miquel Barceló. También Rossini, Liszt y Schumann pusieron música a algunos fragmentos del poema. La iconografía de Las Puertas del Infierno, de Auguste Rodin, está basada en La Divina Comedia y en los poemas de Baudelaire. Ridley Scott  hizo lo propio en Hannibal. El Origen del Mal y hasta en la saga de juegos para consola Devil May Cry es Dante el protagonista.

Difícilmente puede cualquiera imaginarse la construcción espacial de los escenarios visitados por Dante, porque las descripciones no pueden remitirnos a espacios reales o tangibles. Hay que permitir que la imaginación sea guiada por el lenguaje poético y de esa forma cualquier lugar será posible. La imaginación guiada por el lenguaje poético: ahí reside el secreto del inquietante magnetismo en las obras que Natasha Lébedeva ha presentado en Can Fondo. Estos particularísimos Lébedeva landscapes, combinan lo real con lo onírico en un ejercicio asombroso y, al mismo tiempo, suponen una sutil reflexión en torno a determinados paradigmas contemporáneos: descritos en líneas anteriores la influencia de los grandes iconos culturales, el vértigo ante la pérdida de identidad y la mujer como objeto de la dramaturgia corporal y escénica. Si a todo ello se le añade el condimento de una factura de inspiración surrealista, las cúpulas de Moscú que sustentan las mujeres en las obras de Lébedeva vendrían a representar un símbolo perfecto para desmitificar y poner en evidencia determinados comportamientos de las vanguardias, esas catedrales del espectáculo artístico.


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